Hay esperas que cansan porque no tienen fecha. Esperamos una llamada, una respuesta médica, una puerta de trabajo, una reconciliación o una dirección clara. Con el paso de los días, la mente empieza a llenar el silencio con conclusiones dolorosas: Dios se olvidó, llegué tarde, nada cambiará. Pero el silencio no siempre es ausencia.
La Escritura está llena de personas que tuvieron que caminar sin entender el ritmo de Dios. Su espera no fue pasividad. Siguieron orando, trabajando, llorando, obedeciendo y aprendiendo a no fabricar atajos que después les cobrarían más caro. La paciencia bíblica no es resignación fría; es confianza activa cuando todavía no vemos el resultado.
Esperar también revela qué estamos intentando controlar. A veces queremos que Dios nos dé una explicación cuando Él primero quiere sostenernos. No te avergüences si la espera te pesa. Llévala a la oración tal como es. Dios no necesita una versión ordenada de tu dolor para escucharte.
Hoy entrega aquello que quisieras resolver de inmediato. Sigue haciendo el bien que sabes hacer y deja el futuro en manos de Aquel que no llega tarde. La paz no nace de controlar el tiempo, sino de recordar quién lo sostiene.
Angel M. Mattos de JesúsEntrar